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lunes, 13 de noviembre de 2017

Algo pasa


La red de Madres Venezolanas por la Paz (@madresvenezolanasporlapaz) tiene el gusto de presentarles Algo pasa. Un material escrito que ha sido diseñado pensando en las familias venezolanas. Esas familias que han atravesado durante mucho tiempo una situación de elevado conflicto sociopolítico que las ha llevado a desarrollar una serie de estrategias de afrontamiento, destinadas a lidiar con el elevado estrés al que se han visto sometidas.

Quisimos generar un material que tuviese un contenido: adaptado a la situación que viven, sencillo, ameno y ajustado a las etapas de desarrollo de sus hijos. Es un material pensado por profesionales que trabajamos desde hace mucho tiempo en la promoción de estrategias de crianza respetuosa. Allí van a conseguir estrategias concretas que les permitirán abordar con sus hijos la situación de crisis sociopolítica.

Tal como generosamente dice Oscar Misle (2017) en el prólogo del folleto:



Algo pasa llegó en el momento oportuno. Espero que puedan disfrutarlo y celebrarlo tanto como yo. En medio de la crisis también pasa que la creatividad, el amor, y los valores como la solidaridad, se expresan con iniciativas como las que la Red de Madres Venezolanas por la Paz nos regalan.


Para acceder a él solo tienes que ingresar a este link y llenar los datos que allí te piden.


Esperamos que sea útil para ustedes, fue elaborado con mucho cariño.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Esas hadas


 Cali, 20 de noviembre de 2016

   


Desde tiempos remotos, en la mitología  nórdica, griega y romana, se ha expuesto que en los bosques podemos encontrar hadas. Seres fantásticos que protegen la naturaleza. Es difícil pensar que en nuestra infancia no nos hayamos topado con alguna referencia que nos haya invitado a pasar horas tratando de imaginarlas y, por qué no, también buscarlas en los parques, en los jardines, en nuestros lugares de juego. Son tan solo una representación de ese mundo maravilloso que se vive cuando tienes 4, 5, 6 años, a veces logra extenderse un poco más pero no sin el descreimiento que aporta el desarrollo cognitivo. 

Confieso que soy de las que he tratado (y trato) de prolongar en mis hijos,  lo más posible, ese refugio que aporta la fantasía. Siento que los protege de tantas cosas.  Estoy convencida que el mundo suele ser tan difícil cuando creces, que mientras más duren sin enterarse, se les da un "plus" de felicidad a sus vidas. Pero claro, ese mundo mágico cesa, acaba, el desarrollo neurológico y la realidad nos empuja a tener lo que llamamos en psicología: Criterio de realidad. Algunos convierten eso en religión, otros en creencias sobrenaturales y otros en literatura. Cada quien trata de prolongar como puede su mundo de fantasía; pero lo cierto es que la imaginación es uno de los grandes regalos con los que contamos los seres humanos para escapar de momentos desolados. Ana Frank nos lo mostró claramente con su libro. 


No es fortuito que piense esto justo hoy, día donde se celebra un aniversario más de la Convención de los Derechos del Niño firmada en Ginebra en 1989. Fue un logro tan importante para los niños y, a su vez, con tantas dificultades para cumplirse en la realidad. A los adultos nos ha costado mucho comprender su mundo y poder ofrecerles condiciones que les permitan vivir plenamente, crecer en una realidad donde, por lo menos, se les garanticen necesidades básicas para desarrollarse satisfactoriamente. Como dice Zas (una cantante francesa) en una canción maravillosa que descubrí aquí en Cali (gracias a una brillante referencia de la profesora del Instituto de Psicología de la Universidad del Valle María Cristina Tenorio):


Yo también tengo un hada en mi casa
Desde mis estanterías mira hacia arriba
A la televisión pensando
Que fuera está la guerra
Lee periódicos diversos
Y se queda en casa
En la ventana, contando las horas
En la ventana, contando las horas

Pienso en mis niños queridos: Mis hijos, los hijos de mis amigos, mis pacientes. Pienso en esa hada que vive en cada uno de nosotros y que de alguna manera quedó herida al descubrir que la realidad y la fantasía difieren de manera estrepitosa. 

 Yo también tengo un hada en mi casa
Y mientras come
Hace ruido con sus alas quemadas
Y sé que no está bien
Pero yo prefiero darle un beso
O sujetarla entre mis dedos
Yo también tengo un hada en mi casa
Que querría volar, pero no puede...

Sin embargo pienso, en la gran responsabilidad que tenemos al orientarlos, enseñarlos a fortalecerse dentro de las adversidades. La responsabilidad de amarlos y hacer lo posible porque sean felices. Porque a pesar de todo sigan volando.

Por aquí les dejo el video, la letra y la traducción para que la disfruten igual que yo. 


La Feé


Moi aussi j'ai une fée chez moi
Sur les gouttières ruisselantes
Je l'ai trouvée sur un toit
Dans sa traine brûlante
C'était un matin, ça sentait le café
Tout était recouvert de givre
Elle s'était cachée sous un livre
Et la lune finissait ivre

Moi aussi j'ai une fée chez moi
Et sa traine est brûlée
Elle doit bien savoir qu'elle ne peut pas
Ne pourra jamais plus voler
D'autres ont essayé avant elle
Avant toi une autre était là
Je l'ai trouvée repliée sous ses ailes
Et j'ai cru qu'elle avait froid

Moi aussi j'ai une fée chez moi
Depuis mes étagères elle regarde en l'air
La télévision en pensant
Que dehors c'est la guerre
Elle lit des périodiques divers
Et reste à la maison
A la fenêtre, comptant les heures
A la fenêtre, comptant les heures

Moi aussi j'ai une fée chez moi
Et lorsqu'elle prend son déjeuner
Elle fait un bruit avec ses ailes grillées
Et je sais bien qu'elle est déréglée
Mais je préfère l'embrasser
Ou la tenir entre mes doigts
Moi aussi j'ai une fée chez moi
Qui voudrait voler mais ne le peut pas..

El Hada

Yo también tengo un hada en mi casa
Sobre los canalones chorreantes
La encontré sobre un tejado
Con la cola del vestido ardiendo
Era por la mañana, se olía el café
Todo estaba cubierto de escarcha
Ella se escondió bajo un libro
Y la luna terminaba borracha


Yo también tengo un hada en mi casa
Y la cola de su vestido está quemada
Ella debe sabe que no puede
Que no podrá nunca jamás volar
Otras lo han intentado antes que ella
Antes que tú hubo otra
La encontré replegada bajo sus alas
Y creí que tenía frío

Yo también tengo un hada en mi casa
Desde mis estanterías mira hacia arriba
A la televisión pensando
Que fuera está la guerra
Lee periódicos diversos
Y se queda en casa
En la ventana, contando las horas
En la ventana, contando las horas

Yo también tengo un hada en mi casa
Y mientras come
Hace ruido con sus alas quemadas
Y sé que no está bien
Pero yo prefiero darle un beso
O sujetarla entre mis dedos
Yo también tengo un hada en mi casa
Que querría volar, pero no puede...

martes, 23 de agosto de 2016

De lobos y otros espantos

Cali, 23 de agosto de 2016 

        
No puedo pensar un bosque sin lobos, esos que  siempre hemos escuchado desde muy pequeños. Los lobos, los grandes representantes de las amenazas externas que generan temor en nosotros. Cada uno contiene un mundo particular, construido sobre la base de nuestras vivencias personales, de lo amable o antipática que haya sido la vida con nosotros. Ellos están contenidos en los cuentos infantiles, películas,  en el ideario colectivo y familiar. En este sentido en un libro que narra la historia de los usos del miedo se propone que figuras similares a las del lobo fueron representados en América como el "coco" . Las autoras afirman que (p.11):

Procedente de la tradición europea el “coco” llegó a América con las primeras familias españolas. El fruto peludo de la palma se llamó coco precisamente por su aspecto poco agradable. Porque el coco era un personaje indefinido, sin forma, cara ni voz reconocible, capaz de causar graves daños y, desde luego, repulsivo. Sólo los niños más pequeños podían creer en esa figura que resultaba indescriptible, capaz de cometer maldades abominables y habitante de algún remoto lugar lejos del mundo querido y conocido, por eso temible. Pero, sobre todo, el coco era útil para hacer callar a bebés llorones y a niños inquietos. No importaba que pronto los más avispados le perdieran el respeto, si ya había germinado en ellos la semilla del miedo.

No importa si al crecer caen en cuenta que esta entidad corresponde a una construcción simbólica, puesto que al transcurrir el tiempo los motivos del miedo gestado cambiará y permanecerá una “vaga amenaza de alguna sanción” que en algún momento se cernirá sobre quien se atreva a transgredir el orden”. Y así, desde las familias y las escuelas comenzamos a contribuir con el uso del miedo como forma de control social, que posteriormente es empleado por los gobiernos como un modo de ejercer el poder muchas veces de forma abusiva.

En América Latina hay un sin número de experiencias que hablan del uso de este tipo de estrategias por parte de los gobiernos para mantenerse en sus posiciones privilegiadas de poder. Susana Rotker (2000) hablaba que en nuestra región imperaba una ciudadanía del miedo que se refleja en estados de ánimo que permean las interacciones entre desconocidos en la ciudad. La interacciones cotidianas están cargadas de hostilidad hacia el Otro que considero diferente o desconocido porque es una amenaza, porque puede ser el coco, el lobo, el monstruo…

Mientras vivía en Caracas mis lobos cada vez se fueron tornando más feroces, el miedo que tenía de relacionarme con desconocidos fue creciendo al punto de ni siquiera querer mirar a los ojos a las personas en la calle. Es por esto que cuando llegamos a Cali, una ciudad llena de gente amable que valora el gesto de dar los “buenos días, tardes o noches”, pues no solo me llené de asombro sino que ha representado en sí mismo un proceso de adaptación.

Es así como el día de ayer me encontraba junto con mis hijos, caminando hacia mi casa por una zona un poco solitaria de Cali y de repente nos comenzó a seguir una niña, como de 10 años, bonita y muy bien arreglada.  Se aproximó a pocos centímetros de nosotros y me preguntó que adónde nos dirigíamos. Continuamos caminando y decidí indagar acerca de la razón de su presencia ante lo que responde: -Es que viene el lobo y me da mucho miedo. Ante su aseveración volteé la mirada adonde ella señalaba. Por supuesto que no lograba entender a qué lobo se refería, sus lobos y los míos no son los mismos. Ella me explicó que el lobo es el que se lleva las cosas. Volví a voltear y vi  a tres policías inspeccionando a unos vendedores ambulantes que se encontraban en la acera. Ella insistía que ese era el lobo, sus lobos: La policía. Como ella estaba acompañando a su mamá mientras trabajaba podían llevarse a la niña a “Bienestar Familiar”.

Más allá de las razones que expliquen tal “separación” que podrían fácilmente obedecer a la protección de los niños de la explotación laboral o del trabajo forzado (no lo sé), este episodio quedó dándome vueltas a lo largo del día. Honestamente sentí miedo de ser abordada repentinamente por una niña extraña; en Latinoamérica es totalmente factible que un menor de edad pueda robarte o colaborar con alguien para hacerlo. Su miedo competía con el mío y en ese momento no creo haber podido ayudar mucho más que en hacerle pensar a los policías que ella estaba conmigo (cosa que no hice de manera deliberada porque ella fue quien montó la escena)

Pienso en las condiciones injustas en las que suelen crecer muchos niños en condiciones de vulnerabilidad donde la sociedad no logra ofrecerle espacios seguros que puedan darle oportunidades de desarrollo sano, de bienestar. Pienso en esa niña que aborda a una extraña en la calle, como un modo de buscar seguridad. Pienso en los otros lobos que podría encontrarse en el camino al buscar “tal protección”. Pienso en la inmensa deuda que tienen los Estados con los niños, niñas y adolescentes. En sociedades cargadas de violencia, donde la calle lejos de ser un espacio seguro puede ser terriblemente peligroso, no dejo de pensar en la última frase que esa niña le dijo a mi hija cuando lo preguntó adónde pensaba ir:


-Voy a caminar, me quedaré por ahí, hasta que mi mamá me encuentre.             

sábado, 23 de julio de 2016

¿Paz y armonía en todo el mundo?

Cali, 23 de julio de 2016



Peppa pig. Día Internacional. 


Pensar a estas alturas que el mundo es un lugar seguro más que una ingenuidad, es una tontería. De manera lúcida lo expresa Alberto Manguel en su libro En el bosque del Espejo: 

Nuestra historia en la historia de una larga noche de injusticia: La Alemania de Hitler, la Rusia de Stalin, la Sudáfrica del apartheid, la Rumania de Ceaucescu, la China de la Plaza de Tianamén, la Norteamérica de McCarthy, la Cuba de Castro, el Chile de Pinochet, el Paraguay de Stroessner y infinidad más forman el mapa de nuestro tiempo. Parece como si siempre viviéramos en sociedades despóticas o al borde de ellas. Nunca estamos seguros, ni siquiera en nuestras débiles democracias.

Hemos creado un espejismo de seguridad a través de instituciones que nos hacen creer que podemos caminar tranquilos por el “bosque” pero, lamentablemente, con regularidad el lobo aparece y ataca cada vez con mayor impunidad. Vemos con horror eventos como el atentado terrorista que ocurrió en Niza o el tiroteo en un Mc Donald en Munich (donde hubo 5 menores de edad heridos)  quedan sin la respuesta asertiva de parte de quienes deberían garantizar la “seguridad”. Sin ir muy lejos, a diario se pueden citar situaciones de espanto en nuestra Venezuela, que generalmente solo quedan en el relato del estatus de alguien en su Facebook o en la conversación cercana de familiares.

Y a pesar de esto, seguimos insistiendo en “venderles” a los niños un mundo fantástico, sin peligros, donde el mal siempre es vencido por un héroe que lo vence. Un héroe, dicho sea de paso, muchas veces termina empleando las mismas “cuestionables” herramientas que usó el villano para vencerlo. Villano y héroe confundidos, sin saber dónde termina uno y dónde comienza el otro, como el ejemplo perfecto del modelo personalista que tanto daño le ha hecho a nuestros “pueblos” , a nuestra sociedad.

Los niños exponen con frecuencia su desacuerdo con las visiones reduccionistas y esquemáticas de la realidad. Un ejemplo es el de una niña de 10 años que mientras veía con su hermano un capítulo de Peppa Pig  le dice a su mamá: -Mami, Peppa le da un mal ejemplo a los niños. Cantan paz y armonía en todo el mundo y listo, ¿se  resolvió?!!! El mundo no es así, ni los problemas se resuelven de forma tan fácil. A los niños deberían enseñarles como es la vida de verdad.  Otro, más apegado a la realidad actual, me lo susurró una niña de 5 años en consulta quien me persuadía de no decirle a su mamá que ella sabía que habían robado a su papá la semana anterior:- Es que mi mamá está más tranquila si cree que yo no sé. Si ella se entera que yo sé, se pone muy nerviosa.  

Mientras jugamos a resolverles los problemas, evitamos conversaciones profundas acerca de los conflictos cotidianos, tratamos de negar la razón de las colas y de la falta del celular (porque te lo robaron la semana pasada). Y así, resulta que ellos van descubriendo por sí solos que la realidad muchas veces es cruel, es complicada y que lo mejor es no comentarla con los padres porque tal parece que para ellos no es así o “en casa no se habla de esos temas”.

Se parece mucho al modo en que tradicionalmente se abordan tópicos como el sexo, la homosexualidad, las drogas y todos aquellos temas incómodos que decidimos no conversar con ellos porque nunca son lo suficientemente grandes como para “tolerar” esa información. En realidad la pregunta que debemos hacernos es: ¿en qué momento  nosotros estaremos lo suficientemente listos para aceptar que nuestros hijos vivirán en un mundo SIN nosotros, tendrán que pasar por situaciones difíciles y tendrán que resolverlas por sí mismos.

Es nuestra decisión si abrimos el ruedo en casa para hablar acerca de temas “sensibles” o, esperamos, que en otros lugares (escuela, fútbol, ballet, clases de arte, reuniones, etc) encuentren otros interlocutores que, a su modo, los acompañaran a hacerse una idea de la realidad que no necesariamente se parecerá a lo que deseamos brindarles.


Nos toca entender que, tarde o temprano, descubrirán que la paz y la armonía del mundo dependen de mucho más que entonar una canción.

domingo, 21 de febrero de 2016

Caracas, 22 de febrero de 2016

Da igual si los dragones existen o no cuando tiene 4 años y cada luz que avizoras en las noches, cada sonido fuerte que proviene de la calle te hacen pensar que acecha el peligro de sus llamas. Da igual, porque cuando tienes miedo, los dragones se “escapan de tu cabeza” (así los hayas logrado “atrapar” en ella, por un rato). Y es que da igual, porque cuando ese dragón representa al asesino que irrumpió de manera súbita en el cumpleaños de un amiguito, pues el dragón es ladrón, el rugido son los disparos y las llamas pueden ser el humo que suelta la pólvora. Es que en realidad, cuando tienes 4/5 años vives en un mundo de superhéroes, princesas y otros personajes de fantasía, que no merece ser ensuciado por una realidad cruel, violenta.

Ya ha pasado un mes desde que una ansiada y planificada celebración de 5 años se vio interrumpida súbitamente por un sicariato a plena luz del día. Un lugar público, resguardado, pero no lo suficiente como para aislarnos de la brutal violencia que nos persigue cada día. No hubo piñata, no se soplaron las velas: Hubo un muerto.

No hay manera de explicar algo así a un niño de 5 años. No existen palabras para describir el miedo, la rabia, la indignación de tener que explicarle a tu hijo que su fiesta no pudo terminar porque ocurrió algo terrible (que por fortuna, los niños no lograron percibir o ver  las dimensiones del horror que vivieron) Fuegos artificiales, tuberías rotas… Otros hablaron de un ladrón que le robo la cartera a una señora. Solo dos vieron al muerto. Sin embargo, entre ellos, en colectivo construyeron una narrativa acerca de lo que pasó y lo que más lamentaban era la fiesta truncada de su amiguito. Que no hubo juguetes, caramelos, ni cotillón. 

Y es que en esta Venezuela de hoy se nos acabó la fiesta hace tanto, que ya ni la recordamos. El futuro es una palabra prestada, que se rompió en algún momento y con la que nos peleamos día a día para construir algo bonito en el presente. Este episodio nos rompió a todos algo por dentro, así como a todos aquellos que de alguna u otra manera los confronta esta violencia desenfrenada en algún momento. Pesadillas, juegos traumáticos, relatos repetitivos del evento, ansiedad de separación fueron algunas de las consecuencias que se generaron en nuestros niños. Se activaron angustias de muerte, no querían salir, ni que sus padres salieran: “Esta ciudad es peligrosa mami, yo ya no quiero salir más”

Pero ya pasó un mes y hubo que cerrar la fiesta. Tumbar la piñata, soplar las velitas, finalmente, mostrar que después de un largo proceso de reparación psíquica podemos resignificar la realidad y transformarla en algo posible, en esa palabra tan bonita que se llama esperanza. Vinieron los amigos, jugaron, saltaron, construyeron universos posibles en su imaginación. Entre tanto las familias pudimos acompañarnos conversando, bromeando, viendo a nuestros pequeños ser felices.  Y es que lo único rescatable de este horror son los vínculos, que nos salvan, que nos permiten acobijarnos y ver lugares posibles aunque todo se vea desolado.

Cantamos cumpleaños, soplamos las velitas, todos tranquilos, felices.

La fiesta terminó.

sábado, 4 de julio de 2015

Sarita se va


Caracas, 04 de julio de 2015


 Nunca ha sido fácil decir adiós. Vengo con una falla de origen que hace que las despedidas sean episodios dolorosos, que prefiero evitar a toda costa. Lástima que me tocó vivir en un país donde decir adiós, se ha convertido en casi una rutina. Puedo contar por lo menos 17 años, desde la primera vez que tuve que despedirme de mi mejor amiga que se fue a estudiar para Argentina. Ya de ahí en adelante todo es historia y cada año la suma se hace mayor.

Sin embargo, debo admitir que durante mi niñez no viví ese tipo de situaciones, quizás por eso ahora que soy adulta, se me hace más difícil. Por el contrario, me tocó conocer y compartir con personas maravillosas cuyas familias habían salido de sus países, Chile y Argentina, escapando de las tiranías de Perón y Pinochet. Una de ellas sigue siendo mi mejor amiga. Tuve la fortuna de acompañarlas, de forma ingenua, en su proceso de arraigo y creación de una nueva identidad en un país, que para ese momento, tenía mucho que ofrecerles. Sobre todo tranquilidad.

Mis hijos habían logrado zafarse hasta este año de esas despedidas. Aunque personas muy queridas se han ido del país, su distancia nos ha afectado más a su papá y a mí. Hace dos meses recibimos la noticia que la familia de Sarita había tomado la decisión de irse del país. Sarita es una niña que mi hijo Pablo, de 4 años, quiere mucho. Se conocen desde  hace dos años y han construido una relación muy cercana. Durante algunas semanas estuvimos explicándole que su amiga se iba, que no la iba a ver más, pero en su registro, su pensamiento concreto solo le permitía concentrarse en el aquí y ahora. Solo se podía concentrar en la presencia de su amiga, con quien le encantaba jugar todos los días. Llegó el día de la despedida y en su salón organizaron una fiesta y Pablo decidió llevar unas cotufas para compartir: -Mami has unas cotufas deliciosas- decía- para que Sarita se ponga feliz. Y con esas cotufas y otras golosinas llegó el día del adiós.

No hay día de la semana que Pablo no hable de su amiguita. En el colegio, su maestra nos cuenta, que parte de la rutina matutina es preguntar a los niños cuál de sus compañeros está ausente o no asistió ese día particular. Cuando esto ocurre él levanta la mano y dice: -No vino Sarita. Y si bien la negación forma parte del proceso de duelo, no dejo de pensar que para Pablo, hablar de Sarita es su manera de mantenerla cerca, es jugar con ella en su recuerdo. Si bien acepta que su amiga no está, juega a hacerla presente con su memoria, logra mantener ese “objeto bueno” cerca, muy adentro para sentirse feliz. No en balde, desde el psicoanálisis se ha aportado que los procesos de duelo no consisten en separarse del muerto, sino de cambiar su relación con él (Allouch, 2006) Y si bien aquí nadie se ha muerto, las separaciones físicas de un ser querido, suelen experimentarse con un nivel de intensidad similar o por lo menos desencadenan procesos similares, a los que ocurren cuando alguien muere.

Si hay algo que me maravilla de la psique y particularmente de los niños, es su capacidad de mantener la esperanza y apego a la vida más allá de lo adversas que sean las circunstancias. Suelen construir mundos posibles y transformadores a través de la imaginación, lo que les da un margen de recuperación muy positiva. Mi Pablo, con su ensoñación, con su insistencia de nombrar a Sarita, me muestra su necesidad de gritar: Ella está aquí aunque no la vean y seguiré nombrándola para que nunca se vaya.  La mente encuentra rutas maravillosas para revincularse con los objetos “perdidos”, esos tesoros que le dan sustento al resto de nuestra vida.

Hoy nos enteramos que es posible que Sarita regrese y Pablo está “encantado” (literal) de verla de nuevo. Y también supimos que se van 6 niños del salón, todos fuera del país. Quizás el proceso de Sara le dará herramientas para manejar los cientos de duelos que vendrán en el corto plazo.

Referencia


Allouch, J (2006) Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca. Pág. 336. Ediciones Literales

domingo, 11 de mayo de 2014

También hay leopardos

Caracas, 24 de marzo de 2014




Luego de varios días de estruendos el bosque ya estaba tranquilo. Sabíamos que el lobo está omnipresente y al acecho, pero hemos podido pasear libremente por las veredas, disfrutar de lindos cielos despejados y cálidos. Las calles han estado despobladas, más que de costumbre. Demasiado silencio  hacía sospechar que la paz sería algo temporal. Y así fue, estábamos en casa y comenzaron a escucharse fuertes explosiones. Sonidos poco reconocibles para quien no ha vivido situaciones bélicas, pero lo suficientemente seguidos, claros y cercanos como para comprender que no eran de celebración.

Los niños jugaban en casa, ese día no era prudente salir. El cielo estaba igual de hermoso, pero el ambiente estaba cargado: de humo, de ruido, de dolor. Los sonidos se prolongaron hasta muy entrada la noche y a pesar de eso,  mis pequeños no hicieron alusión a los sonidos, ni a la necesidad de mamá de mantener todas las ventanas y puertas cerradas. Cuando se tiene un mundo feliz en lo privado, logras desconectarte con relativa facilidad de los horrores externos. No sospecharon que el lobo había vuelto, o por lo menos así lo creí por un momento.

Sin embargo, a la mañana siguiente, otra mañana donde se quedaron en casa sin ver a sus amigos y maestras, mi pequeñín de 3 años se levantó sobresaltado y me preguntó: 

- ¿Dónde está el leopardo?

Yo le pregunté que a qué leopardo se refería, que no entendía, que seguramente había soñado con ese animal. Me miró y me dijo:

- Mami, el leopardo está, está allí, me da miedo, mucho miedo -e hizo movimientos de estremecimiento-.  Y había un conejito, llindo… Yo lo abracé, me lo llevé. El leopardo hace ruidos, ruidos. Yo me llevé al conejito. No quiere ver al leopardo.

Después de escuchar su relato, entendí que lo que no se habla, se sueña, se juega o se actúa. Mi niño había registrado la situación, sabía que algo no estaba bien, sintió mi miedo. Se conectó con mi necesidad de cuidarlo. Quiso cuidar al conejito como yo hice (y hago) con ellos, a ese conejito que es tan parecido a como yo lo siento a él.

Los niños tienen innumerables formas de mostrarnos su mundo interno. A veces, dentro de la confusión, no logramos descifrar sus mensajes. Pero igual están allí: en los juegos, en los dibujos, en sus acciones y en ese sueño que me demostró que no solamente hay lobos en el bosque... también hay feroces leopardos.