jueves, 16 de julio de 2015

¿Qué haría Alicia?

             Caracas, 15 de julio de 2015                                                  
                                                         


Lucha de Alicia contra el Jabberwocky





Cuando vives en un país parecido al inventado por Carroll, nada es sencillo. Se hace particularmente difícil criar a tus hijos/as con un criterio ético que obedece a los parámetros de un lugar donde las reglas se construyen para seguirlas y no para desobedecerlas, tal como ocurre de manera habitual en Venezuela. Llama mi atención como la ideología logra colar hasta los contextos más reflexivos. Esos que deliberadamente tratan de darle significado a las incongruencias del discurso,  que vienen desde las narrativas oficiales. En este sentido los niños/as muestran a través de su interpretación de la realidad y de sus experiencias, muchas de los fantasmas contra los que luchamos a diario. Debo decir que cuando los reconozco me espanto, respiro y retomo la idea de qué se inventaría Alicia para salir del escollo disparatado que se encontró en ese país surreal: El de las maravillas.

Luisa, 9 años, crece en una familia constituida por dos profesionales universitarios. En casa se discute abiertamente de temas políticos y se le da la oportunidad de opinar y expresar sus puntos de vistas acerca de la situación del país. En medio de una conversación expone: -Ojala que cuando Maduro se muera tengamos a Capriles como Presidente. Sus padres desconcertados ante el comentario, le piden que profundice en su planteamiento, ante lo que responde: -¡Claro! Es que antes de Maduro estuvo Chávez y después que se murió fue que hubo un nuevo Presidente. Por eso digo, que cuando se muera Maduro entonces podremos tener algo mejor.

Esta anécdota, supone un desconocimiento de la alternabilidad del poder que es inherente a toda democracia liberal, representativa, participativa o el calificativo que se le quiera adjudicar. La idea básica es que el poder debe rotar y que para ello, los ciudadanos deben elegir la figura que ocupará ese lugar. Luisa ha ido a votar con sus padres desde que tenía 3 meses de nacida, conoce la importancia del voto, de las elecciones. Sin embargo, la realidad pesa más, durante 7 años solo conoció un presidente y ahora hay otro porque el primero murió. Así de simple, así de concreto, la democracia se transmite a través de los hechos y no de palabras.

Marcos, 7 años, vive con su mamá. Su papá nunca ha vivido en casa. En su hogar la idea de emigrar ha sido recurrente desde hace 3 años, pero no se ha podido concretar. Su madre trabaja para un ente gubernamental y trabaja muy duro para sostener su hogar. Un día, mientras hablaban de sus planes de irse, surge el planteamiento de la inversión económica que supone. Ante esto Marcos mira a su mamá y le dice: Mamá, ojala todo fuera gratis, así pudiésemos hacer lo que queremos. Que nos den todo, que salgamos a la calle y podamos tener todo sin pagar.

Este argumento de la gratuidad sin trabajar forma parte del discurso populista que se ha arraigado en la sociedad de manera casi irreversible. Y si bien cuando se es niño ese tipo de ideas pueden ser esperadas, no dejan de ser un reflejo de la trampa que los regimenes autoritarios le ponen a sus pueblos: Si apoyas todo lo que hago y digo, aunque no funcione, tendrás lo que deseas. Y así, dentro de esa trampa, los únicos que alcanzan sus objetivos son quienes ostentan el poder. Debe quedar claro para todos, niños y adultos: NADA es gratis; todo supone un costo emocional, económico o de otro tipo. Esta fantasía obedece a carencias muy primitivas, de etapas muy tempranas del desarrollo, donde la madre debía satisfacer todas las necesidades de manera continua y sin esfuerzos. Las sociedades, como las personas, deben caminar hacia la autonomía para desarrollarse y construir vidas ajustadas a lo que desean de sí mismas. Para ello hay que luchar, si esperamos pasivamente que alguien lo haga por nosotros tendremos que someternos a lo que ese alguien desee darnos y ajustarnos al futuro que tenga pensado para si mismo.

María, vive en un sector popular, tiene 10 años y en su familia hay conflictos permanentes por diferencias partidistas. Su mamá le insiste que sus afectos no deben estar supeditados a las diferencias políticas, pero en la práctica se ha dado cuenta que el asunto es complicado. Conversando con su maestra y algunos compañeros comenta: -Yo no entiendo, yo creo que todos deberíamos pensar lo que piensa Maduro y ya, todo sería más sencillo si todos pensáramos lo mismo, así no habrían esas peleas que son tan fastidiosas y seríamos más felices.

El efecto que la polarización política ha dejado en las familias venezolanas ha sido devastador. Los espacios de disidencia cada vez son más cerrados y los niños han crecido viendo a sus familias dividirse por asuntos que no obedecen a diferencias afectivas sino políticas. Esto se erige como un resultado del discurso polarizador oficial, que para fines de poder, se utiliza con cierta regularidad para buscar cohesión con las ideas del líder político. Si bien no resulta una imposición directa por parte de poder que todos pensemos iguales, suele haber una recriminación y descalificación permanente del discurso contrario al oficial, que en lo concreto devela la idea: Si todos nos alineamos con el poder, podremos ser felices. Menuda trampa con la que nos encontramos en ese país surreal de Carroll. Como la reina de corazones, el poder es voraz, insaciable y por más obediencia que se le profese jamás parará en sus ansias de control. Renunciar a nuestras ideas, en busca de la felicidad, quizás es de los contrasentidos más lamentables que impone el totalitarismo.

Es por esto que debemos estar atentos a los discursos de nuestros pequeños/as. Dar voz a sus preocupaciones acerca de la realidad económica, política y social. Esa es la única manera de toparnos con estas “trampas” que quedan arraigadas en su manera de comprender su relación con la sociedad y con el poder. Nuestra mediación como facilitadores para la reflexión, para la problematización de la ideología impuesta es fundamental. Nos permite darles recursos que les permitan cuestionar los sinsentidos que, lamentablemente, se han convertido en hábitos. En apariencia, en la superficie, son inofensivamente “maravillosos” (como el de Alicia).


Y, ante la insistente pregunta: ¿Cómo lo hacemos? ¿Qué debemos hacer? Les invito a preguntarse: ¿Qué haría Alicia?

sábado, 4 de julio de 2015

Sarita se va


Caracas, 04 de julio de 2015


 Nunca ha sido fácil decir adiós. Vengo con una falla de origen que hace que las despedidas sean episodios dolorosos, que prefiero evitar a toda costa. Lástima que me tocó vivir en un país donde decir adiós, se ha convertido en casi una rutina. Puedo contar por lo menos 17 años, desde la primera vez que tuve que despedirme de mi mejor amiga que se fue a estudiar para Argentina. Ya de ahí en adelante todo es historia y cada año la suma se hace mayor.

Sin embargo, debo admitir que durante mi niñez no viví ese tipo de situaciones, quizás por eso ahora que soy adulta, se me hace más difícil. Por el contrario, me tocó conocer y compartir con personas maravillosas cuyas familias habían salido de sus países, Chile y Argentina, escapando de las tiranías de Perón y Pinochet. Una de ellas sigue siendo mi mejor amiga. Tuve la fortuna de acompañarlas, de forma ingenua, en su proceso de arraigo y creación de una nueva identidad en un país, que para ese momento, tenía mucho que ofrecerles. Sobre todo tranquilidad.

Mis hijos habían logrado zafarse hasta este año de esas despedidas. Aunque personas muy queridas se han ido del país, su distancia nos ha afectado más a su papá y a mí. Hace dos meses recibimos la noticia que la familia de Sarita había tomado la decisión de irse del país. Sarita es una niña que mi hijo Pablo, de 4 años, quiere mucho. Se conocen desde  hace dos años y han construido una relación muy cercana. Durante algunas semanas estuvimos explicándole que su amiga se iba, que no la iba a ver más, pero en su registro, su pensamiento concreto solo le permitía concentrarse en el aquí y ahora. Solo se podía concentrar en la presencia de su amiga, con quien le encantaba jugar todos los días. Llegó el día de la despedida y en su salón organizaron una fiesta y Pablo decidió llevar unas cotufas para compartir: -Mami has unas cotufas deliciosas- decía- para que Sarita se ponga feliz. Y con esas cotufas y otras golosinas llegó el día del adiós.

No hay día de la semana que Pablo no hable de su amiguita. En el colegio, su maestra nos cuenta, que parte de la rutina matutina es preguntar a los niños cuál de sus compañeros está ausente o no asistió ese día particular. Cuando esto ocurre él levanta la mano y dice: -No vino Sarita. Y si bien la negación forma parte del proceso de duelo, no dejo de pensar que para Pablo, hablar de Sarita es su manera de mantenerla cerca, es jugar con ella en su recuerdo. Si bien acepta que su amiga no está, juega a hacerla presente con su memoria, logra mantener ese “objeto bueno” cerca, muy adentro para sentirse feliz. No en balde, desde el psicoanálisis se ha aportado que los procesos de duelo no consisten en separarse del muerto, sino de cambiar su relación con él (Allouch, 2006) Y si bien aquí nadie se ha muerto, las separaciones físicas de un ser querido, suelen experimentarse con un nivel de intensidad similar o por lo menos desencadenan procesos similares, a los que ocurren cuando alguien muere.

Si hay algo que me maravilla de la psique y particularmente de los niños, es su capacidad de mantener la esperanza y apego a la vida más allá de lo adversas que sean las circunstancias. Suelen construir mundos posibles y transformadores a través de la imaginación, lo que les da un margen de recuperación muy positiva. Mi Pablo, con su ensoñación, con su insistencia de nombrar a Sarita, me muestra su necesidad de gritar: Ella está aquí aunque no la vean y seguiré nombrándola para que nunca se vaya.  La mente encuentra rutas maravillosas para revincularse con los objetos “perdidos”, esos tesoros que le dan sustento al resto de nuestra vida.

Hoy nos enteramos que es posible que Sarita regrese y Pablo está “encantado” (literal) de verla de nuevo. Y también supimos que se van 6 niños del salón, todos fuera del país. Quizás el proceso de Sara le dará herramientas para manejar los cientos de duelos que vendrán en el corto plazo.

Referencia


Allouch, J (2006) Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca. Pág. 336. Ediciones Literales

sábado, 6 de junio de 2015

Da igual, los guardias murieron

Caracas, 07 de julio de 2015


Suenan unos tiros, a lo lejos, pero para el efecto lejos o cerca da igual. Lucas está en su casa y los escucha muy, pero muy cerca. Tiene 8 años y su mamá ha decidido no ocultar información; desde el año pasado las detonaciones, olor a bombas larimógenas y explosiones se convirtieron en parte del escenario cotidiano con el que han tenido que vivir. Tenían varios meses donde solo se escuchaba el sonido de los autos, de la autopista. Pero ayer fue distinto, el horror tocó la puerta de nuevo. Una vecina nerviosa, le comenta a la mamá, a la mañana siguiente en el ascensor, que el ruido de ayer obedecía a que habían matado a 4 guardias de la zona. Un enfrentamiento entre policías y delincuentes: Todo esto lo escuchó Lucas antes de ir a su colegio, sin filtro.

Ya en clase, decide compartir su historia con sus compañeros, casi todos viven cerca del lugar y seguramente estarían enterados de la situación. Mientras la maestra corrige algunas tareas, comienza una discusión entre los integrantes de la mesa de Lucas acerca de la muerte de los guardias. Un niño se angustia con el relato y decide avisarle a la docente acerca de lo que ocurre en la mesa. Ante esto, la maestra decide hacer un alto a la clase, llama la atención de los niños y comenta: -Me han dicho que están hablando cosas muy fuertes, cosas que los niños de su edad no deberían hablar… A partir de este momento en este salón nadie hablará de muerte, cuando vayan a usar esa palabra dirán: Eliminar. Frente a esa aseveración, los niños y niñas se miran unos a otros y asienten ante la pregunta de la maestra: Está claro? Dirán eliminaron,

Al finalizar la clase, los niños se encuentran afuera del aula y uno le comenta a otro: Y ¿qué diferencia hay entre decir eliminar o matar? Total, ya los guardias se murieron.

Los guardias se murieron y los tiros retumban en sus cabezas, como residuos traumáticos de una sociedad que no sabe recoger sus miserias, ponerle palabras y construir una alternativa simbólica que de paso a la luz. Callamos y obligamos a callar a los que hablan, por miedo a que el relato haga reaparecer el hecho que tanto tememos. Cyrulnik (2009) explica que hay sociedades que no favorecen la elaboración de duelos colectivos, de importantes sufrimientos que comparten en común sus ciudadanos. Nosotros, definitivamente, somos uno de esos casos. En general, se nos dificulta enfrentar las diferentes situaciones que nos afligen y poder transformarlas en cambios posibles, para transformar lo que ocurre.

La acción de esta docente no es aislada, es muy parecida a muchas reacciones que escucho de padres y maestros de los niños/as con quienes trabajo en mi consulta privada y en los talleres que facilito. Ante la imposibilidad de dar respuestas que puedan tranquilizar a los niños  (¿Quién las tiene?), se apela a la negación o a la evitación de la realidad (nos hacemos los locos)  Y mientras tanto la realidad continúa su curso, con todos los matices que tiene, pero el mensaje es: De eso nadie habla.

Un aspecto que suele critircarse del discurso oficial es la tendencia persistente a negar todas aquellas situaciones políticas, económicas o sociales que representen una amenaza para su imagen, para su estabilidad. De este modo la inseguridad se reinterpreta como una “sensación de inseguridad”, la violencia escolar, según la ex-Ministra Hanson, no existe es una percepción subjetiva. La escasez  de productos de primera necesidad es debida a la guerra económica o de que las personas tenemos mayor poder adquisitivo para adquirir más productos. Y así, a través de las palabras, se pretende anular el problema, como si de ese modo, mágico, desapareciera. Algo, bastante similar hace la maestra dentro del aula, cambiemos el nombre y así todos nos quedamos tranquilos.

De alguna manera la mentira institucionalizada está invadiendo nuestros espacios privados, no necesariamente porque creamos ese discurso, o porque demos por cierto los que nos indican desde el discurso oficial. Lo repetimos, en la medida en que intentamos acallar las voces de nuestros niños/as, cuando ellos intentan mostrar y darle alguna explicación a este absurdo de violencia que nos ha invadido progresivamente. Por otra parte, al acallar las voces, estamos enviando el mensaje: La autoridad decide cuando y cómo debemos decir las cosas. Y a partir de este mensaje la sombra del totalitarismo se cierne sobre nuestros espacios más íntimos: Hogar y familia.

La realidad existe y existe tal y como la vemos. Si bien hay un monto de subjetividad que modifica la interpretación que se da, la violencia da miedo, nos hace vulnerables y nos hace sentir que hay Otro que, de forma abusiva, pretende hacer valer su postura ante determinada situación, a la fuerza. Ante eso no hay otra interpretación posible, sino el de la mirada de la injusticia, del abuso de poder. Si logramos transmitir con claridad este mensaje a nuestros niños/as y adolescentes, mostramos lo doloroso que implica sentirse desprotegido en la calle por el miedo a ser atacados. Podemos expresar la falta de acción del Estado para garantizar nuestros derechos humanos fundamentales,  incluso el más básico: La vida.  Y a su vez, podemos visibilizar las consecuencias del uso  irresponsable del poder  sobre la vida de todas las personas.

Nuestro rol de adultos está no solo en “tranquilizar” y dar “protección” Nuestro papel se extiende a que esa protección se traduzca en recursos para formar ciudadanos, que puedan enfrentar las situaciones cotidianas y puedan  desplegar su creatividad para encontrar soluciones. Somos modelos de la promoción del diálogo como estrategia primordial de comunicación y convivencia. Escucharlos, es reconocer su participación en la construcción de la sociedad, es dar voz a su derecho a la participación política contemplada en la Ley Orgánica de los Niños, Niñas y Adolescentes. Hablar de su ciudad, de lo que allí ocurre, de la situación general del país, forma parte de los temas que muestran el modo en que esto afecta su vida, su desarrollo. En tanto los afecta, les pertenece y merecen hablar de ello.


Para resolver esta situación se necesita la acción conjunta de todos, un coro de voces que de manera coordinada permita darle sentido y ponerle palabras a tanto horror. La mayor resistencia que podemos ejercer ante la opresión es la liberación de la voz en casa. Resistir también implica darle fuerza al poder de la palabra, al cuestionamiento reflexivo del poder  y a los valores democráticos dentro de nuestros espacios privados. Ayudar a los niños/as y adolescentes a pensar y soñar un futuro distinto y posible permite dar piso a esas ruinas que en algún momento tendremos que levantar.

sábado, 24 de mayo de 2014

Ellos murieron por tí

Caracas, 01 de abril de 2014





No siempre se encuentran las  palabras correctas, las precisas para hablar de temas difíciles. Cuando los hechos nos sobrepasan evitas hablar de ellos, evitas pensarlos, hablarlos y hasta soñarlos. Los sueños se convierten en pesadillas que ilustran claramente lo que vivimos en el afuera.

Cuando se trata de la muerte es aún más complicado. Más aún cuando son muertes que jamás debieron ocurrir, cuando la injusticia es quien ejerce la mano aleccionadora, quien controla los movimientos de lo cotidiano.

Ese domingo nos sorprendió con este mensaje: Murió por ti. Fotos de decenas de chicos asesinados o “caídos” durante las protestas, estaban colgadas en los árboles, pegadas en los postes. La protesta se apoderó de la estética del lugar, era imposible no verlos.

Mi pequeña venía conmigo en el carro. En el camino, me pidió que le contara los detalles del día en que nació; ese relato es quizás el más emocionante que puedo contar en mi vida ( y el segundo es el que tiene que ver  con el nacimiento de su hermano) Así iba esa tarde, llena de vida, de recuerdos bonitos, de luz.

Nos detuvimos a buscar en casa de unos amigos un paquete que nos habían enviado mis padres desde Barquisimeto. Hacíamos intercambio, ellos me enviaban champú, que yo no conseguía en Caracas y yo les enviaba unas medicinas que no se consiguen por aquellos parajes.  Mi hija estaba feliz, pensando en que el dibujo que les había hecho a sus abuelos les iba a gustar y que pronto (en su fantasía) los iba a ver de nuevo (la situación del país ha hecho que ya tenga 3 meses sin verlos)

Retornamos al carro y allí, justo al arrancar de regreso a casa me preguntó: Mami, ¿Por qué dice: Murió por ti? Y yo enmudecí, no podía ni titubear, es que ¡no sabía qué responder! Pensé tantas cosas, pero la principal es: No quiero que le tema a las calles. No es justo que a sus escasos 7 años le tenga  temor a las fuerzas de seguridad del Estado. De verdad que no quise, no quiero que  viva con este horrible temor de sentir, que en este país, la vida pende de un hilo. No es justo, no es justo, NO ES JUSTO. Sólo atiné a decir: Se murieron. Y me dijo: Claro mami, eso lo dice allíPero ¿por qué por mí? Y de nuevo yo, en mi afán de alejarla de lo obvio: Quién sabe, capaz tendríamos que preguntarles a quienes pegaron esas fotos.

No sé mi niña.

No sé.

NO SÉ.

Y la verdad es que NO SÉ. No sé cómo enfrentar esa pregunta de por  qué murió por mí esa joven, ese joven, esos jóvenes. NO LO SÉ. No tiene sentido que alguien muera por reclamar lo que considera un derecho y no entiendo cómo todavía no se ha hecho justicia. NO  LO SÉ

Ahora pienso en nuestra conversación de vida, acerca del milagro de verla nacer, de poder hablarlo con ella. Y pienso en cómo dentro de tantas tinieblas que hay en el bosque, mi niña es capaz de hacerme sentir que hay un hermoso sol en todos lados, porque ella me lo regala con su sonrisa.

Justo al volver, recuperamos del piso de la calle, una pancarta que ella había hecho la semana anterior. La habíamos colgado en un árbol aledaño a nuestra casa. Esta pancarta decía: En Venezuela nos gusta ser diferentes. Y tenía dibujado un hermoso arcoíris en el centro. Al regresar a casa, tomó la pancarta de la mesa, la alzó y me dijo: ¿Sabes mami? Yo hice un arcoíris aquí, porque tiene muchos colores y son bonitos y nadie tiene que decir si uno es más bonito que otro, porque TODOS son lindos. Yo quiero que Venezuela sea así.

Y yo también.

Imagen: Gustav Kilmt. El árbol de la vida. Tomado de: http://www.algomasquearte.es/Klimt-El-Arbol-de-la-Vida 

domingo, 11 de mayo de 2014

También hay leopardos

Caracas, 24 de marzo de 2014




Luego de varios días de estruendos el bosque ya estaba tranquilo. Sabíamos que el lobo está omnipresente y al acecho, pero hemos podido pasear libremente por las veredas, disfrutar de lindos cielos despejados y cálidos. Las calles han estado despobladas, más que de costumbre. Demasiado silencio  hacía sospechar que la paz sería algo temporal. Y así fue, estábamos en casa y comenzaron a escucharse fuertes explosiones. Sonidos poco reconocibles para quien no ha vivido situaciones bélicas, pero lo suficientemente seguidos, claros y cercanos como para comprender que no eran de celebración.

Los niños jugaban en casa, ese día no era prudente salir. El cielo estaba igual de hermoso, pero el ambiente estaba cargado: de humo, de ruido, de dolor. Los sonidos se prolongaron hasta muy entrada la noche y a pesar de eso,  mis pequeños no hicieron alusión a los sonidos, ni a la necesidad de mamá de mantener todas las ventanas y puertas cerradas. Cuando se tiene un mundo feliz en lo privado, logras desconectarte con relativa facilidad de los horrores externos. No sospecharon que el lobo había vuelto, o por lo menos así lo creí por un momento.

Sin embargo, a la mañana siguiente, otra mañana donde se quedaron en casa sin ver a sus amigos y maestras, mi pequeñín de 3 años se levantó sobresaltado y me preguntó: 

- ¿Dónde está el leopardo?

Yo le pregunté que a qué leopardo se refería, que no entendía, que seguramente había soñado con ese animal. Me miró y me dijo:

- Mami, el leopardo está, está allí, me da miedo, mucho miedo -e hizo movimientos de estremecimiento-.  Y había un conejito, llindo… Yo lo abracé, me lo llevé. El leopardo hace ruidos, ruidos. Yo me llevé al conejito. No quiere ver al leopardo.

Después de escuchar su relato, entendí que lo que no se habla, se sueña, se juega o se actúa. Mi niño había registrado la situación, sabía que algo no estaba bien, sintió mi miedo. Se conectó con mi necesidad de cuidarlo. Quiso cuidar al conejito como yo hice (y hago) con ellos, a ese conejito que es tan parecido a como yo lo siento a él.

Los niños tienen innumerables formas de mostrarnos su mundo interno. A veces, dentro de la confusión, no logramos descifrar sus mensajes. Pero igual están allí: en los juegos, en los dibujos, en sus acciones y en ese sueño que me demostró que no solamente hay lobos en el bosque... también hay feroces leopardos.



jueves, 1 de mayo de 2014

El lobo está

Caracas, 01 de marzo de 2014

Comenzaba a oscurecer. Todo estaba tranquilo en casa, hasta que mi hija de 7 años me comenta: Acaso tú no te das cuenta que a mí esto me afecta. Que yo se que están incendiando las calles y que hay gente disparando y gente que ha muerto? Al escucharla me quedé sin saber qué decir. Pese a todos nuestros intentos de mantenerla al margen de todo, mi pequeñita (que se ha hecho grande) hábilmente ha atado cabos y tiene una idea clara, bastante clara en realidad, de lo que ocurre detrás de los muros de su hogar.
Entre los trozos de conversaciones que ha escuchado y las imágenes de barricadas que ha visto (las pocas veces que ha salido de la casa) se ha hecho una idea clara que le permite explicar: La razón del encierro en casa, la interrupción de sus actividades escolares y extraescolares.
El lobo está, y teme que se meta en su casa, le haga daño a ella y a su familia. Ya días atrás la había notado un poco preocupada  por mi seguridad y la de su papá cuando salíamos a la calle. Me decía: ¿Te puedo llamar por teléfono? Por si pasa algo. Y durante las noches, expresaba de manera persistente su necesidad de dormir con nosotros. Miedos ya vencidos reaparecieron. Antiguos enemigos imaginarios, que habían sido derrotados estaban de vuelta, asaltando su psique, como una representación de aquello que papá y mamá también temen, pero que poco verbalizan. La noche, reina de todos los fantasmas, se apoderó de sus sueños y comenzaron algunas pesadillas de persecución, de peligros que debían vencer ella y su familia. Así es, ella y su familia, todos juntos: Porque son lo único con lo que cuenta.
Me asombró escuchar su nivel de comprensión acerca de lo que ocurre: ¿Intuición?, ¿perspicacia? A veces subestimamos la capacidad de los niños/as para tomar elementos de la realidad y jugar a los rompecabezas con ellos. Esa tarea es un juego más y lo lúdico es su especialidad. Su capacidad creativa es infinita, así como su amor y deseos de ser protegidos y proteger a los seres que aman.
Después de su relato una conversación ayudó a tranquilizarla, pero no fue suficiente. Hizo falta el abrazo, el beso, el estar allí con ella y asegurarle que pese a todos los peligros que podamos enfrentar, somos una familia que se ama, que está unida. Su papá y su mamá harán todo lo que esté a su alcance para cuidarla a ella y a su hermanito. Nada es más importante en la vida para nosotros que protegerlos: Saber que estarán “a salvo”.
También hizo falta hablar de las medidas que tomamos nosotros, como adultos, para cuidarnos en la calle y poner un poco de orden en sus fantasías de destrucción absoluta. Ella sentía que todo iba a quedar debastado. Hubo que mostrarle una parte de la realidad, que entendiera que si bien hay caos y desmesura en la ciudad, también hay espacios donde aún se puede circular con relativa seguridad, que nosotros vamos a estar bien.
Hubo que complementar toda la conversación con un dibujo, donde los lobos tomaron forma, nombre y lugar. Estaban muy cerca de ella y de su familia. Fue importante hablar del dibujo, de los personajes y de lo que allí había. Además de describirlo, que pudiese hablar de lo que sentían esas personas y qué podían hacer para salir de esa situación. Me dijo: Déjame dibujar lo que sigue, yo sé que es tarde, pero quiero contarte como termina. Y sí que hizo falta, ambas necesitábamos saber el desenlace, encontrar algún tipo de respuesta ante tanta incertidumbre. Nos urgía construir a través de la fantasía algún futuro y, a la vez, idear acciones que nos permitiesen afrontar el miedo a esos lobos. El miedo si es muy grande paraliza, pero también puede ser un importante movilizador de estrategias de afrontamiento. Hacia allá se movió mi niña, hacia esa dirección ME movió mi bella niña.
Y la conversación no terminó allí. Me pidió continuar el día siguiente, quería seguir haciendo otras cosas para ella sentirse mejor. Sentirse mejor ella y sentirme mejor yo. Ambas, en esta hermosa experiencia que me regaló, pudimos emprender la aventura de luchar contra esos lobos. Esos lobos que nos atormentan e invaden esos espacios que tanto amamos y que sentimos seguros.
Buenas noches mami, ya estoy tranquila. Me voy a dormir que mañana voy al colegio. Cántame lararú (el arruyo que les canto antes de dormir)
Cerró sus ojitos, pudo dormir sola. Hoy vencimos a los lobos.
* Imágen: Uns somnis compartits, de La Caputxeta i el llop -il·lustració de Rossana Bossú- Tomado de: http://bibliocolors.blogspot.com/2011/01/caputxeta-roja-illustrada-caperucita.html

Juguemos en el bosque mientras el lobo no está

Caracas, 25 de febrero de 2014



Ayer en la noche mi esposo y yo compartíamos impresiones de lo que sucedía en el país mientras mis hijos jugaban en la sala. Al salir me encuentro con una escena en la sala y así con una imagen donde están muchos muñequitos (Little People) reunidos y un camión de la “Agencia de Detección de Niños” (de la película Monster Inc de Disney) detrás de ellos. Me llamó la atención y le pido a mi hija de 7 años que me explique la escena: “Mami, estos son unos niños que se quieren ir de viaje, quieren jugar, pero hay unos señores malos que los quieren atrapar, se los quieren llevar. Ellos están escapando, pero no saben adónde ir”. Le pregunto que para donde se los van a llevar y me dice: “No sé, ellos son malos, los niños saben que están en peligro y por eso tienen que escapar”. Mientras escuchaba recordé a Esther Aznar (psicoanalista infantil) quien desde hace mucho tiempo ha hablado de la presencia de los “lobos” en los dibujos infantiles, tal como ocurre en dibujos de niños que han estado en situaciones de guerra.
Hace diez años era una joven licenciada en psicología, tenía todo el ímpetu y la gallardía de alguien que quiere transformar el mundo. Cito ese momento porque coincide con la protestas del 2003 en Venezuela, país en el que resido, donde también hubo una crisis social similar a la que está ocurriendo actualmente en el país y nos tocó involucrarnos a muchos colegas amigos y a mí. En la actualidad sigo siendo psicóloga, con más experiencia, más viejita y con un añadido importantísimo: Soy mamá. Mi rol, definitivamente ha cambiado.
He sentido ganas imperiosas de salir a protestar, de reclamar mis derechos pero: ¿Quién cuida a mis hijos si yo no lo hago? ¿Qué pasaría si por algún motivo a mí me ocurre algo? Así, el miedo a perderlos, a dejarlos desamparados me ha invadido. Creo que hay que saber delimitar tus rangos de acción en diferentes momentos de la historia. Así como también hay que saber el lugar que los niños(as) ocupan y no involucrarlos en las protestas colectivas.
Con el juego mis hijos me lo dijeron todo: Están asustados, saben, perciben lo que está pasando y tratan de elaborarlo. Simbólicamente corren peligro y necesitan desencadenar mecanismos psíquicos para “escapar” de esa amenaza. Para escapar del lobo, porque igual necesitan jugar, mientras no esté el lobo.
Mi posición hace 10 años también era más polarizada, de todo o nada, nosotros o ellos, odio o amor, los absolutos y verdades tomaban mi visión de la Venezuela de aquel momento. Después de todos estos años y con la mirada que da la maternidad, me cuesta no pensar que, así como temo por mis hijos, deben haber otras madres y padres que están como yo, planteándose otra salida diferente a la violencia, a la desaparición de unos para que “existan” otros. Necesito pensar que podemos incluirnos todos en la construcción de algo bonito, porque eso es lo que quiero que mis hijos vivan en el futuro cercano. Cada día trato de transmitirles esa idea, que en la vida las diferencias nos hacen grandes y las divisiones nos empobrecen, evitan que conozcamos las cosas de manera compleja y enriquecida. Somos un arcoiris, el arcoiris no sería tan hermoso si tuviese un solo color.
En esta oportunidad me ha tocado entender que a pesar de mis miedos debo tratar de sobreponerme a ellos y mostrar tranquilidad en mi casa, tratar de mantener sus rutinas (comer, dormir, bañarse, hacer algunas actividades escolares), un orden. El caos no puede apoderarse de mis espacios privados, los niños recienten eso, les hace daño y necesitan que los adultos hagamos esfuerzos (a veces sobrehumanos) para que ellos se sientan seguros y a salvo, que los podemos cuidar. Pero a su vez, está el otro dilema, debo explicarles con palabras muy sencillas lo que ocurre, a su nivel por supuesto. Que entiendan qué es un conflicto social, el legítimo derecho que tiene la gente a protestar, a reclamar sus derechos cuando el Estado no los respeta, que entiendan que cuando decidimos que se queden en casa no es porque estamos de “vacaciones”, es por razones de seguridad.
Si hay algo que me ha quedado de todos estos años, es que el trabajo más importante que nos toca hacer como padres, es el trabajo del día a día, poder transmitirles a nuestros hijos, en verbo y acto, los valores de democracia y justicia. Generar espacios de discusión y diálogo donde se puedan intercambiar ideas, que los puntos de vistas diferentes sean valorados e incluidos en la discusión. Evitar el abuso del poder como padres, respetando sus diferencias, comprendiendo su nivel de desarrollo cognitivo, socioemocional. Luchar por ser una figura de autoridad responsable, respetuosa y reflexiva que dando orden y fijando límites logre generar espacios donde nuestros hijos puedan crecer sintiendo que pueden participar en la construcción del espacio familiar. Hay que saber que el “lobo” puede meterse en casa, es posible que ya esté adentro: Nuestro lobo, el lobo de la incomprensión, de la intolerancia, del irrespeto; quizás ese es el lobo a quién primero tenemos que tratar de domesticar y conocer antes de pedírselo a nuestros hijos.
La democracia se construye desde los hogares, se refuerza en las escuelas y el gobierno debe garantizar que se mantenga para el colectivo. En varias historias de personas que han atravesado conflictos sociales, incluso peores que el nuestro, se reporta que los factores que más contribuyeron para proteger a los niños(as) física y emocionalmente de las acciones represivas del Estado y de la ideologización, fueron los padres y madres desde el hogar.
La democracia comienza desde la familia y democracia no es igual a libertinaje, ni permisividad. Comencemos por construir espacios de escucha, amor y reflexión en nuestro hogar, siendo coherentes con lo que profesamos y aportemos, desde nuestro rol, el granito necesario para construir a largo plazo un mejor espacio común. Dancemos con nuestros lobos, sepamos qué hay dentro de ellos, démosle voz. Si sabemos cómo son y qué pretenden, lograremos reconocer mejor a otros (lobos) que están en el exterior.
Publicado en: http://mischiquiticos.com/busqueda/juguemos+en+el+bosque